sábado, 22 de febrero de 2014

Vacío: Lo que se viene

Acostumbrados a llenarnos, olvidamos que en los comienzos llegamos vacíos. Llegamos sin ningún tipo de identidad de raza, país, religión, creencia, juicio, valor moral, opinión. Llegamos incluso sin ninguna identidad de género, ya que no fuimos nosotros sino el mundo externo quien nos definió como hombres o mujeres. Llegamos vacíos de bien y de mal. Nuestro estado natural era puro, neutro, transparente.
Luego la vida, el mundo, las personas, los sistemas, nos fueron etiquetando. Nos dijeron que pertenecíamos a una raza, a un país, a una cultura, a una religión. Según la cultura en la que nacimos nos inculcaron que ser de una forma era correcto y de otra incorrecto; muchas veces opuestas entre las ideologías de cada país o de cada raza.
La ciencia y religión desarrollaron cada una por su parte una suerte de sistema propio, a veces diametralmente contrario al otro. Unos adherimos a uno, otros a otro. Difícilmente a ninguno. 
Una vez el mundo se colmó de etiquetas, las personas comenzamos a opinar sobre todo, a desarrollar valores morales y juicios hacia los demás, principalmente a lo que no encajaba con nuestro criterio de vida.
Se diferenció a la mujer del hombre, por ende olvidamos que llevamos ambas energías en el interior. La lucha entre los seres humanos se tornó evidente, la competencia por ser mejor mordaz. 
Nacieron entonces los péndulos, sistemas energéticos que toman energía de la conciencia colectiva: a mayor comparación: "soy mejor, peor, más, menos"; mayor fortalecimiento de los mismos.
Hoy día nada existe sin una etiqueta, todo tiene precio y valor monetario, emocional, moral o espiritual.
Los sistemas de creencias abundan y la mayoría de las personas están proyectadas hacia afuera, con una mínima o prácticamente nula auto-referencia. Esta disociación de uno mismo generó la ilusión de separación en una identificación egoica: "yo y todo lo que no es yo está separado de mí, por tanto lo que le pasa al otro ni me involucra ni afecta". Y a través del ego el dominio de unos sobre otros, del reino animal y del reino vegetal, olvidando que todos somos uno y provenimos de la misma fuente.
Llegó el tiempo de crecer, de despertar y comprender que mientras sigamos proyectados hacia el exterior lo único que podemos obtener es más de lo mismo: más juicios, opiniones, creencias, identidades, valores, costos. Y los costos son cada vez son más altos, no por nada hay una crisis económica global, que en definitiva alude a una crisis mucho más íntima, una de nosotros como especie. 
Sin embargo, existe una alternativa, un panorama alentador y altamente esperanzador, coherente y concreto. Se llama vacío.
Vaciarnos de toda creencia, de todo juicio, de toda moral, de toda opinión, de toda etiqueta, de todo futuro repetitivo, de todo pasado enquistado, de toda identidad. Y volvernos como un punto neutro en medio de la experiencia de la vida, tal como si recién llegásemos al mundo. Este punto neutro es auto-referente, ya que que no está enviciado por ninguna fuente exterior a sí mismo. Y este punto neutro es el único canal directo a nuestra esencia.
Lo que se viene es el vacío, simplemente porque estamos demasiado llenos, hinchados, hastiados, saturados. No hay bien ni mal en este proceso, sino algo que bulle en el interior, que anhela y percibe la vida con un propósito superior, previo a la existencia misma. 
La única forma de percibir la verdad - mi esencia más pura - es estando libre de todo lo demás, de todo lo que no es.
Desde aquí, es una camino de retorno a nuestro origen. Pero este camino tiene que ser humilde y honesto: no funcionará desde el autoengaño. Humildemente reconozco en primera instancia que no sé nada, que todo lo que sé no es otra cosa que una creencia gestada por algo o por alguien. Y entonces automáticamente me vuelvo brillante porque empiezo a ver con claridad, dejo de formar parte de un sistema, de un programa, un dogma o una  idea y llego a ser lo que verdaderamente soy: un ser consciente, despierto y soberano.